Desigualdad que nadie quiere ver: las niñas frente a una ley que no las protege.

En Colombia decimos, casi como un himno automático, que “los niños y las niñas son iguales ante la ley”. Es una frase bonita, cómoda, políticamente correcta. Pero basta mirar la realidad de frente para descubrir que es una mentira peligrosa. En este país, ser niña significa nacer con menos protección, menos justicia y menos oportunidades, aunque la ley diga lo contrario.

Las instituciones hablan de igualdad, pero actúan con indiferencia. La mayoría de víctimas de violencia sexual son niñas, muchas de ellas menores de 14 años, y aun así los procesos judiciales se arrastran como si el dolor pudiera esperar. Se archivan casos, se pierden pruebas, se minimizan testimonios. ¿Qué clase de igualdad es esa? A las niñas las revictimizan en Fiscalía, en Medicina Legal, en los juzgados… les preguntan cómo estaban vestidas, si habían “provocado”, si saben lo que dicen. Una niña violentada no encuentra justicia: encuentra un sistema que la mira con sospecha. Eso no es igualdad, es abandono.

En los hogares, la desigualdad también es brutal. En las zonas rurales, muchas niñas abandonan la escuela para cuidar hermanos menores, para cocinar, para lavar, para asumir responsabilidades que no eligieron. El Estado les dice que la educación es un derecho, pero no les da alternativas reales para ejercerlo. Una ley que no se cumple es solo papel mojado. Y ellas pagan ese papel con su futuro.

Los prejuicios culturales hacen el resto. A los niños se les permite correr, explorar, romper, equivocarse. A las niñas se les exige recato, obediencia, “cuidarse”, como si cargar con el peso del peligro fuera responsabilidad suya. Desde pequeñas aprenden que deben protegerse incluso cuando es el mundo el que debería protegerlas a ellas. Esa es la desigualdad más silenciosa: la que se instala en la mente y normaliza lo inaceptable.

Colombia presume tener un sistema de protección, pero es un sistema que llega tarde, o no llega. Un sistema que se escuda en trámites, en oficinas sin recursos, en funcionarios sin formación en género, en excusas que no curan. La ley dice que todos los niños son iguales, pero la realidad demuestra que las niñas son las últimas en la fila cuando piden ayuda. La igualdad formal es una ficción conveniente. Y la ficción, aquí, cuesta vidas, sueños, infancias robadas.

Lo más doloroso es que la sociedad se ha acostumbrado. Cada vez que una niña desaparece, que una niña es violentada, que una niña queda en embarazo por un abuso, se genera indignación de un día… y luego seguimos adelante como si nada. Las niñas en Colombia no solo luchan contra los agresores; luchan contra un país entero que se niega a ver la dimensión del problema.

La deuda del Estado con ellas es inmensa. No basta con leyes redactadas desde oficinas cómodas. Se necesitan políticas reales, protección real, justicia real. Pero, sobre todo, se necesita la honestidad de reconocer que hoy, en pleno siglo XXI, la igualdad entre niños y niñas en Colombia simplemente no existe. Y que cada día que sigamos pretendiendo que sí, una niña más perderá su voz, su libertad o su futuro.

Colombia no puede ser un país que se llene la boca hablando de derechos mientras abandona a quienes más los necesitan. Las niñas merecen más que discursos: merecen un país que por fin les crea, les responda y las proteja. Hasta que eso no ocurra, seguiremos siendo una nación que falla en lo esencial: cuidar a sus propias hijas.

-Por Dairo Mora.

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