Unidad o Derrota

Durante años he visto a la derecha colombiana actuar como si tuviera vidas infinitas, como si pudiera seguir fragmentándose sin pagar las consecuencias, como si cada liderazgo creyera que el país le debía una candidatura presidencial por derecho divino. Mientras tanto, Petro avanzaba desordenado, radical y sin preparación, pero avanzaba. La derecha no perdía por falta de ideas, perdía por dispersión, por vanidad, por esa obsesión infantil de demostrar quién brilla más incluso cuando el país está en llamas.

Por eso lo que ocurrió este fin de semana no es menor. Ver a Álvaro Uribe y a Germán Vargas Lleras y demás figuras políticas enviar un mensaje explícito de unidad marcó un punto de quiebre. No es la foto lo que importa; es lo que representa. Es el reconocimiento, tardío pero necesario, de que seguir por caminos separados es asegurar otros cuatro años de improvisación, deterioro institucional y una Colombia cada vez más fracturada.

Yo también estoy a favor de esa unidad. No por afinidad personal con líderes específicos, sino porque el país necesita un contrapeso real, serio y disciplinado frente a un gobierno cuya agenda ha privilegiado la confrontación sobre la gestión. Estamos ante un deterioro profundo de la seguridad, una economía debilitada, un Estado que parece perder capacidad en todas sus líneas, y unas instituciones sometidas a un desgaste que no podemos minimizar. Ante ese panorama, dividirse es un lujo irresponsable.

La derecha entendió por fin que sin coalición no hay proyecto, sin orden no hay narrativa, y sin renuncias internas no hay futuro electoral. Yo lo celebro porque durante meses vimos a sectores del centro-derecha y la derecha enfrascados en discusiones banales, invisibilizandoel verdadero problema, Petro no necesita derrotarlos uno por uno; ellos mismos lo estaban haciendo al competir entre sí.

Pero aquí es donde quiero profundizar aún más, la unidad no puede reducirse a un acuerdo entre dos figuras históricas; ese es apenas el primer ladrillo. La derecha necesita construir una arquitectura que convoque a todos los sectores con vocación de poder y capacidad técnica. No basta con un gesto simbólico. Se necesita método, reglas de juego claras, una hoja de ruta conjunta y la disciplina que tantas veces le ha faltado a este sector político. Si algo ha debilitado a la derecha es la incapacidad para actuar como un bloque organizado, capaz de dejar de lado los egos personales para priorizar el propósito común.

Y el propósito es inmenso, devolverle al país estabilidad, seguridad jurídica, crecimiento económico, confianza institucional y un discurso político que no esté basado en convertir enemigos en combustible. Para eso se requiere unidad verdadera, no una sumatoria de nombres. Se requiere un proyecto de país que no sea un collage improvisado, sino un plan estratégico donde cada liderazgo sepa cuál es su papel.

También creo que esta unidad debe ser amplia. Debe integrar a los sectores sociales que hoy están huérfanos, a los jóvenes desencantados, a los empresarios golpeados por la incertidumbre, a los profesionales que ven cómo sus oportunidades disminuyen en un país que parece navegar sin timón. La derecha debe aceptar que no puede depender solo de su voto tradicional; necesita ampliar su base y actualizar su narrativa, sin perder el eje de orden y responsabilidad que la caracteriza.

La puerta se abrió y la invitación es para líderes regionales, figuras emergentes, sectores técnicos, movimientos ciudadanos. Esa es la verdadera unidad, no la unidad de los históricos, sino la unidad de quienes entienden que Colombia necesita un nuevo pacto para recuperar el rumbo.

La derecha tiene liderazgo, tiene ideas, tiene experiencia y tiene país detrás. Lo único que ya no tiene es tiempo. Y por eso lo sostengo: la unidad no es negociable. Es la única salida. Y esta vez, no podemos darnos el lujo de fallar.

Por Wilson Orejuela

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