Estudiantes y el uso no prescrito de fármacos: una estrategia peligrosa contra el estrés académico

Durante los periodos de exámenes, bibliotecas, cafés y habitaciones universitarias se convierten en centros de alta concentración. Pero detrás del esfuerzo académico, muchos jóvenes ocultan una realidad alarmante: el consumo no prescrito de medicamentos y sustancias estimulantes para mantenerse despiertos, controlar el estrés y mejorar el rendimiento.

Ángel Zaragoza, estudiante de Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid, relata cómo atravesó la última temporada de exámenes bajo una fuerte presión. “Estaba tan estresado que me costaba hasta empezar a estudiar”, admite. Cristina Acosta, de 21 años y estudiante avanzada de la misma universidad, lo resume con sarcasmo: “Sobreviví con café, cigarrillos y lágrimas”. Otros, como Lucía Camaño, también de 19 años, sienten que no logran responder a todas las exigencias académicas al mismo tiempo. En este contexto, el uso de café, bebidas energéticas y cápsulas de cafeína se ha normalizado, pero para algunos, eso no es suficiente.

Aunque muchos estudiantes niegan consumir medicamentos para estudiar, suelen referirse a conocidos que sí lo hacen. “Yo no lo he tomado, pero amigas mías sí lo hicieron para rendir la EBAU”, comenta Tatiana Ramírez, estudiante de diseño audiovisual. La frase “yo no, pero conozco a alguien que sí” se repite constantemente. Y es que, aunque el uso de metilfenidatos y anfetaminas esté regulado, su acceso en los círculos juveniles no lo está tanto.

Estas sustancias, destinadas principalmente al tratamiento del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), son malinterpretadas por quienes no padecen esta condición. Creen, erróneamente, que mejorarían sus capacidades cognitivas. Sin embargo, expertos alertan sobre los riesgos. “Los fármacos no son inteligentes. Esa idea es falsa desde todo punto de vista científico”, afirma con contundencia Juan Carlos Leza, catedrático de Farmacología de la Facultad de Medicina de la UCM.

Medicamentos como Concerta, Elvanse o Modiodal actúan sobre el sistema nervioso central y pueden desencadenar efectos secundarios incluso desde la primera dosis, como insomnio, pérdida de apetito, arritmias o ansiedad exacerbada. “Su uso en personas sanas puede alterar la química cerebral y provocar conductas de riesgo o trastornos del sueño”, advierte la Agencia Europea de Medicamentos (EMA).

El problema, no obstante, va más allá de los efectos adversos. Marcos, un joven de 20 años que estudia Sistemas Microinformáticos y Redes, admite adquirir medicamentos como Rivotril y Fentanilo a través de internet, utilizando navegadores como TOR para acceder a la deep web. “Lo compro a un conocido en Canillejas. Me ayuda con la ansiedad”, confiesa. También dice tener prescripción médica para Lorazepam, pero reconoce que muchas veces mezcla sustancias sin supervisión médica.

Este fenómeno no es aislado. Según la última Encuesta Europea de Salud, un 6,83% de la población española mayor de 15 años ha consumido fármacos sin receta médica en las dos semanas previas al sondeo. Sin embargo, no existe una estadística clara que revele cuántos jóvenes los usan para fines académicos o para manejar el estrés.

Para Juan Carlos Leza, los riesgos no se limitan a la automedicación. El mayor peligro es la tolerancia: el cerebro se habitúa a los estímulos artificiales y demanda dosis cada vez mayores. “Estos medicamentos provocan una liberación abrupta de dopamina. En personas con TDAH, esto puede equilibrar su déficit. Pero en una persona sana, solo genera un pico de euforia, seguido por una caída”, explica Alessandro Massaro, doctor en Psicología Clínica.

La sobreexposición a estos químicos puede alterar el funcionamiento sináptico natural, afectando el equilibrio del sistema nervioso. Guillermo Fouce, presidente de Psicólogos sin Fronteras, resalta que más que rasgos de personalidad, son contextos de vulnerabilidad los que empujan a los jóvenes a estos hábitos. “Las drogas refuerzan aquello que la persona busca, pero una vez conseguido ese efecto, es muy difícil dejar de consumir”, señala.

A pesar de los esfuerzos de entidades como la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) por retirar productos ilegales de plataformas como Amazon o AliExpress, el mercado digital clandestino sigue siendo un canal activo. La AEMPS reconoce que su jurisdicción no alcanza a los sitios alojados fuera del país, como muchos de los que se encuentran en la internet profunda.

A esto se suma una situación crítica en el suministro de medicamentos para el TDAH. Durante 2024, la AEMPS reportó una reducción del 12,6% en la disponibilidad de Concerta, uno de los fármacos más usados para esta condición. Aunque se espera un aumento en la producción, los efectos de esta escasez aún se sienten.

Frente a este escenario, algunos especialistas proponen alternativas menos riesgosas. Los nootrópicos, sustancias naturales como el ginseng, el ginkgo biloba, el omega-3 o incluso la cafeína en dosis controladas, pueden ofrecer beneficios sin necesidad de prescripción médica. “Más allá de los suplementos, es clave promover hábitos saludables: dormir bien, alimentarse correctamente, hacer ejercicio y aprender a gestionar el estrés”, comenta Lucía Hipólito, catedrática de Farmacia de la Universidad de Valencia.

Finalmente, Olga Monteagudo, médica especialista en Salud Pública, llama la atención sobre el trasfondo cultural del problema: “Medicalizar el rendimiento académico es una paradoja. Si eres una persona sana, recurrir a un fármaco para rendir más no es la solución, sino parte del problema”.

En tiempos donde la exigencia académica va en aumento y la salud mental se ve cada vez más comprometida, urge una reflexión colectiva. La presión por rendir no puede justificar el riesgo de alterar el equilibrio del cuerpo y la mente. Lo que hoy parece una solución rápida, mañana puede convertirse en una trampa sin salida.

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