El Senado define el futuro del transfuguismo político en Colombia
Este martes a las 2:00 p.m., la plenaria del Senado de la República retomará el debate decisivo del acto legislativo que permitiría el transfuguismo, es decir, que los congresistas cambien de partido sin exponerse a sanciones por doble militancia. Aunque el proyecto contaba inicialmente con respaldo multipartidista, en las últimas semanas ha generado una fuerte polarización política.
El debate sobre el transfuguismo en el Congreso va mucho más allá de una simple reforma constitucional: es, en realidad, una jugada clave en la estrategia política del Gobierno y de sus opositores con miras a las elecciones de 2026. Permitir que los congresistas cambien de partido sin sanciones reconfiguraría el tablero político, dándole al petrismo la posibilidad de atraer figuras inconformes de otras colectividades y formar una nueva gran coalición de izquierda sin depender del Pacto Histórico en su forma actual.
¿Es positivo o negativo el trasfuguismo?
Desde esta óptica, la resistencia del Centro Democrático, Cambio Radical y otros partidos tradicionales como los Conservadores y La U no es ideológica, sino estratégica. Temen que abrir la puerta al transfuguismo termine debilitando sus bancadas en favor de un oficialismo que ha demostrado saber negociar con sectores diversos. Por eso, el rechazo tiene como telón de fondo la defensa de su poder institucional y su supervivencia electoral.
Además, permitir el transfuguismo hoy podría tener consecuencias impredecibles para el sistema de partidos. Si bien otorga libertad política a los legisladores, también rompe la cohesión de los partidos y debilita su representatividad ante los votantes. En un país donde los partidos ya enfrentan una profunda crisis de credibilidad, una medida como esta podría fomentar aún más la fragmentación del Congreso y el oportunismo político.
Desde el punto de vista del Gobierno, lograr que se apruebe el proyecto sería un triunfo importante para su agenda de cara a una eventual consulta popular y a las presidenciales. Pero también representa un riesgo: el apoyo a la reforma puede verse como una maniobra para expandir su poder sin reglas claras, lo que podría erosionar aún más su relación con sectores del centro político y con la opinión pública.
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