El papa León XIV despide su visita al Líbano con un llamado a la paz

La reciente visita del papa León XIV al Líbano dejó una profunda huella en el corazón del país, y quiero compartir mi impresión sobre un momento que, sin duda, marcó a miles de personas.

La misa celebrada en el paseo marítimo de Beirut, ante más de 150.000 fieles, fue uno de esos instantes que parecen detener el tiempo. Ver a tantas familias, jóvenes y comunidades reunidas en un mismo espacio, ondeando banderas y unidas por una misma esperanza, me hizo recordar el enorme potencial espiritual y social que aún vive en esta nación.

El mensaje central del pontífice fue un llamado fuerte y directo: que el Líbano sea “morada de justicia y fraternidad” y un faro de paz para todo el Levante. Sus palabras resonaron especialmente en un país que atraviesa una crisis económica sin precedentes, una fragilidad política constante y la sombra persistente de conflictos recientes. Me impresionó cómo el papa habló no desde la distancia, sino desde la cercanía. Reconoció abiertamente el dolor acumulado y la frustración de quienes han visto desmoronarse tantas certezas.

Uno de los momentos más conmovedores de su visita fue su parada en la zona del puerto donde ocurrió la trágica explosión del 4 de agosto de 2020. Allí, el papa León XIV se reunió con familiares de las 245 víctimas, escuchó sus historias y les ofreció palabras de consuelo. Ese gesto, tan sencillo y tan necesario, me recordó la importancia de la empatía en tiempos de oscuridad.

En su homilía, invitó a todos a “desarmar los corazones” y superar las barreras étnicas, políticas y religiosas que dividen al país. Nos animó a no caer en la violencia ni en la “idolatría del dinero”, sino a reencontrarnos con aquello que une a los libaneses: la dignidad, la espiritualidad y la capacidad de resistencia. Personalmente, esa parte me impactó. Creo que el Líbano necesita este llamado urgente a la unidad, a la reconciliación y a la reconstrucción desde lo humano.

Su despedida de Beirut dejó claro que la esperanza no está extinguida. Aún quedan luces capaces de brillar en la noche más profunda, y este viaje lo demostró.

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