Omayra Sánchez: 40 años del rostro que detuvo el tiempo y marcó la memoria de Colombia
Hace exactamente 40 años, el país quedó paralizado ante una de las escenas más dolorosas y humanas que la televisión haya transmitido: la imagen de Omayra Sánchez, una niña de 13 años atrapada bajo el lodo del volcán Nevado del Ruiz tras la tragedia de Armero, que dejó cerca de 23.000 muertos.
Su mirada —llena de fuerza, esperanza y resignación— se convirtió en el rostro del desastre, un símbolo del dolor colectivo y de la impotencia ante la tragedia. Las cámaras de Evaristo Canete, reportero de Televisión Española, y las crónicas del periodista Emilio Crespo de la agencia EFE, dieron a conocer al mundo la historia de Omayra, quien, pese a su corta edad, habló con serenidad mientras esperaba un rescate que nunca llegó.
Ambos periodistas, hoy retirados, recuerdan que aquella cobertura cambió sus vidas y redefinió el papel del periodismo ante el sufrimiento humano. Crespo, quien fue testigo de la muerte de Omayra, la describe como “el día más duro de su carrera”; mientras que Canete asegura que “la fuerza la tenía ella, por cómo hablaba, cómo razonaba… no creía que se iba a morir”.
La psicóloga Beatriz González, directora de Somos Psicología y Formación, explica que el impacto de esas imágenes provocó lo que se conoce como trauma vicario o mediático: un sufrimiento compartido por quienes presenciaron el dolor a través de una pantalla. “Ver a una niña consciente de su destino, sabiendo que no había remedio, nos generó una profunda sensación de vulnerabilidad colectiva”, sostiene.
El caso de Omayra
Abrió un debate ético sobre los límites del periodismo y la exposición del sufrimiento humano. Fue también un punto de inflexión para los medios, que por primera vez mostraron el dolor sin filtros, sin cortes, sin artificios, permitiendo que el mundo entero se enfrentara a la crudeza de la tragedia.
Cuarenta años después, el nombre de Omayra Sánchez sigue siendo sinónimo de humanidad, coraje y memoria. Su historia no solo retrata el desastre de Armero, sino también la capacidad del país para recordar, reflexionar y seguir buscando respuestas ante las heridas que nunca sanan del todo.
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