UNIR AL PAÍS, EL RETO DEL ÚLTIMO AÑO DE GUSTAVO PETRO
Por Isabel Álvarez
Primero que todo, una aclaración: voté en blanco en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2022 y, sin embargo, conservaba la esperanza de que, en realidad, llegar el cambio en algunas prácticas políticas, y que muchas viejas ideas a favor de la paz y de la igualdad pudieran concretarse al fin.
Al principio me alegró por la tranquilidad con la que Gustavo Petro asumió su presidencia. En los primeros meses fue un hombre mesurado. Luego, incluso opuesto a su estilo e ideología, y conforme su equipo ministerial en el que se apostaba por técnicos que fueran personas capaces, preparadas y llenas de muy interesantes y frescas ideas en su visión de país. Entre ellos, por ejemplo, el exministro de Planeación, Jorge Iván González, o las ministras Josefina Bravo y Alejandra Gaviria, y la saliente Cecilia López y Susana Muhamad.
Bastó poco tiempo para que llegaran el desencanto y los desaciertos, además de las divisiones internas que son evidentes en el gobierno. Algunos confían tanto en las encuestas presidenciales, pero alguna razón hay para que la popularidad del presidente haya caído tanto.
No obstante, y con el sol a sus espaldas, este gobierno —el primero de un presidente de izquierda en Colombia— merece una mirada. Y no quiero caer en fatalismos: prefiero mirar el vaso medio lleno y reconocer algunos logros. Hay que destacar que la población indígena ha logrado espacios que antes no tenía, quizá demasiado, a juzgar por lo que se escucha. Este ha sido un gobierno inclusivo con los sectores más marginados: indígenas y poblaciones negras ribereñas del mar y de los ríos han ido apareciendo en esta nueva narrativa nacional.
Basta mencionar que hasta hace unos días en el gabinete estaban la afrodescendiente Francia Márquez y la indígena Yenina Estrada, ministra de Ambiente.
También hay que reconocer que, si bien no es lo ideal, el gobierno ha entregado más de 600.000 hectáreas a campesinos. Esa quizá es su mayor fortaleza, porque en cuanto al discurso se ha intentado una reforma agraria de mediana dimensión.
Podemos valorar, además, que durante los últimos tres años han disminuido la pobreza y la desigualdad, según los indicadores del Coeficiente de Gini en el país.
Otro punto interesante es que, aunque se dice que ha disminuido la moral de las fuerzas armadas, el ejército ha logrado avances como mejores dotaciones, salarios y programas de bienestar. Esto, aunque no sea popular, es importante porque la defensa del país y el bienestar de las tropas también hace parte del equilibrio institucional que se haya logrado.
Otro de los aciertos de este gobierno es el relacionamiento con el entorno. La apuesta por una nueva estrategia de posicionamiento internacional —la llamada “Paz Total”— ha sido relativamente exitosa, aunque aún no se ha consolidado. Pero esta ha demostrado que se tiene una voluntad diplomática clara, con el objetivo de crear grandes disensos internacionales.
El sector cultural también se ha sentido respaldado durante estos tres años y se avanza en la formulación de una nueva Ley de Cultura para Colombia.
Ahora bien, es cierto que hemos tenido algunas mejoras y vamos en camino de consolidarlas. Pero este gobierno también ha sido errático en temas de interés nacional. Por ejemplo, según la última encuesta del DANE, en Colombia la mayoría de los colombianos considera que la situación ha empeorado. Paralelamente, los procesos de paz con grupos al margen de la ley parecen ir sin rumbo.
Podemos decir que el proyecto de la Paz Total es el mayor fracaso de este gobierno, aunque en ello influye la escasa voluntad de paz de los grupos que se sientan a la mesa.
Las reformas aún no marchan. Si bien la reforma laboral y la pensional son avances significativos, la reforma a la salud, una de sus principales banderas, no ha logrado salir adelante tras tres años de gobierno.
A esa percepción de inseguridad y estancamiento de las reformas habría que añadir que el país está muy dividido, lo cual está conduciendo a radicalismos que en nada fortalecen nuestra democracia. La izquierda llegó al poder y la derecha no se ha acostumbrado a perderlo.
Al presidente Petro lo desgasta el tono agresivo de su gobierno. Y seguramente muchas más personas que hoy fueron en este país, no lo hicieron de mala fe, sino confiadas en que él representaría un cambio profundo.
Pero lo cierto es que, durante este último año, el mandatario debería concentrarse en el diálogo nacional, la reconciliación y la búsqueda de consensos reales.
Presidente, ya no se trata de hostilidad con los rivales ni de confrontación sin sentido, sino de buscar el punto de unión, de abrir los canales con quienes están dispuestos a construir país.
Finalmente, lo invitaría a recordar de verdad a Álvaro Gómez Hurtado —ese personaje que tanto admiró— y su “Acuerdo sobre lo Fundamental”. Hoy más que nunca el país necesita eso: seguir construyendo un plan de nación que abrace las diferencias y promueva la dignidad humana.
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