UN VERDADERO ACUERDO DE PAZ CONTRA LA VIOLENCIA
Por Joseph Silva
“No pienses, si piensas no lo expreses; si lo expresas, no lo escribas; si lo escribes, no permitas que lo publiquen. Y si alguien va a encontrar tu pensamiento junto a tu firma, corre inmediatamente a casa y escribe un desmentido.” — Millor Fernandes
¿Sería que, si nos guiamos por el pensamiento del escritor, periodista y dramaturgo brasileño, podríamos llegar a entender cómo es que, en este paraíso de la naturaleza en el que nos ha correspondido nacer y vivir, en esta Colombia hermosa, esplendorosa, bañada por dos océanos y adornada con tres cordilleras andinas; en este edén de colores, con todas las climas y pisos térmicos, de una belleza exuberante, donde sólo deberían resonar las risas de los niños, la alegría de los jóvenes y la tranquilidad de los viejos, los más cercanos y parecidos a la felicidad, estamos encadenados —por no decir condenados— a una violencia cíclica, ancestral, permanente, como algo de lo que no podemos liberarnos ni a lo que podemos renunciar?
Se asoma la exuberancia del agrado y goce desde el Carnaval de Barranquilla, al ritmo y gozo alegre de la Feria de Cali, el colorido y la belleza de la Feria de las Flores, el folclor y la cultura pacífica y alegre del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, actitudes con las memorias y eventos de cada región, que nos identifican como nación.
Colombia, a todas luces de las actividades culturales, brilla con energía y diversidad, pero también ha sido escenario de episodios de dolor. Un país que ha bañado de sangre, tragedia y violencia su historia, cargando con un estigma que aún parece resistirse a desaparecer.
La reciente tragedia ocurrida en el corregimiento de Barranquillita, con la muerte de nuestra hermosa y querida Sultana del Valle, a la que tanto quiere y admira Colombia por su alegría, hospitalidad, deporte, y por su sabor a caña y al trabajo, no deja de doler y llorar cuando se da el adiós, el luto por la muerte de nuestros 13 policías, héroes de la patria, que fueron también hijos, hermanos, esposos, compañeros y vecinos de otros colombianos, y ahora estamos aturdidos y preocupados por el secuestro de los 34 militares, por otros “supuestos civiles”.
Este estético, que es un lugar común, otro registro de hechos recurrentes que nos hacen pensar, reflexionar y buscar en nuestro interior las razones por cada acción de unos y otros.
La violencia de la sociedad colombiana es real. Podemos revisar nuestra intolerancia en las calles, el trato brusco entre nosotros, el insulto en las redes sociales, los discursos de odio entre partidos políticos, sociales y empresariales, y ver cómo debe cambiar la persona al interno de cada uno, para liberar la verdadera paz que no baña de sangre y lágrimas a esta patria, la que tanto amamos.
Podemos tratar de dar, desde el más humilde hasta el más encumbrado, una muestra de bondad y de misericordia que inspire, y que diga: sí, en Colombia es posible un verdadero acuerdo de paz.
¿Será que no lo hemos intentado, o no nos ha alcanzado?
¿Será que nos hemos acostumbrado al dolor y al miedo?
D. P. agradecimientos a mi querida amiga y colega, la periodista Fernanda Ortiz Betancourt, por su invaluable colaboración y revisión en la construcción de este texto, así como por permitirme compartir ideas.



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