A casi dos días de iniciadas las votaciones, la chimenea sigue emitiendo humo negro
La Capilla Sixtina, vuelve a acoger uno de los rituales más solemnes y enigmáticos del mundo moderno. El cónclave inicio ayer para elegir al nuevo papa. A casi dos días de iniciadas las votaciones, la chimenea sigue emitiendo humo negro. No hay consenso. No hay sucesor aún para el papa Francisco.
Tras su fallecimiento, los 133 cardenales menores de 80 años con derecho a voto se han encerrado bajo el fresco de El Juicio Final de Miguel Ángel. Aislados del mundo exterior (sin teléfonos, sin medios, sin internet), cumplen con una tradición que data del siglo XIII. Las reglas son claras: solo pueden salir cuando uno de ellos obtenga al menos dos tercios de los votos. Hasta entonces, Roma espera, y con ella, 1.400 millones de católicos.
La liturgia del humo, aunque parezca arcaica, es cuidadosamente técnica: los papeles de cada votación se queman en una estufa especial. Si no hay acuerdo, se le añaden compuestos químicos para teñir el humo de negro (perclorato de potasio, antraceno y azufre); si hay elección, el humo es blanco, gracias a otra combinación de sustancias (clorato de potasio, colofonia y lactosa). Es la señal al mundo de que “habemus papam”.
La Plaza de San Pedro se convierte en teatro de fe, esperanza y espectáculo. Miles de fieles, turistas, curiosos y cámaras de todo el planeta siguen con atención cada emisión de humo. Mientras tanto, algunos rezan, otros compran recuerdos o toman helado. La tensión, sin embargo, es real. «Si se llega al cuarto día, comenzarán a levantarse cejas», dicen los expertos.
El cónclave actual tiene un ingrediente extra: más del 80% de los cardenales fueron nombrados por el mismo Francisco. Son más diversos, provienen de países antes invisibles en el mapa eclesial: Mongolia, Laos, Malí. ¿Será este el momento en que la Iglesia opte por un papa africano o asiático por primera vez en la historia?
Aunque no hay un favorito claro, nombres como Pietro Parolin (Italia), Luis Antonio Tagle (Filipinas), Cristóbal López Romero (España) y Pierbattista Pizzaballa (Jerusalén) circulan entre analistas y creyentes.
Lo cierto es que en tiempos de inmediatez y transparencia, el cónclave se mantiene fiel a su esencia: el secreto, la deliberación y la espera. Una espera que, como cada vez, culminará con tres palabras que paralizan al mundo: Habemus Papam.



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